Lao Tzu, el fundador del taoísmo, nos recordó en el siglo VI a.C., “Que la realidad sea realidad”.

Eso parece ser precisamente lo que hizo el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, el 4 de octubre, cuando pronunció un exhaustivo discurso sobre la política con respecto a China en el Instituto Hudson.

Este discurso fue histórico porque ningún funcionario de alto rango de las administraciones anteriores de Estados Unidos brindó un análisis y una descripción tan directos de las relaciones entre Estados Unidos y China desde la normalización de las relaciones diplomáticas entre ambas naciones en 1979. También fue histórico por darle una nueva dirección a la política de Estados Unidos hacia China.

La política sobre China vuelve al realismo

En “A buen fin no hay mal principio”, Shakespeare escribió: “No hay legado más rico que el de la honestidad”. A pesar de la información detallada sobre las operaciones de influencia de Beijing en Estados Unidos y en otras partes del mundo, algunos consideran que el discurso de Pence fue “agresivo” o que estaba librando una nueva guerra fría.

Durante demasiado tiempo y por diversas razones, el mundo casi perdió la esperanza de ver a Washington hacerle frente a la ofensiva del régimen de Beijing por la hegemonía mundial. Ahora, la administración Trump está defendiendo los intereses de Estados Unidos y del resto del mundo.

Durante más de dos décadas, muchos observadores de China en Occidente, en particular los dirigentes políticos, parecen haber sido profundamente hipnotizados por la ilusión de la llamada “política de compromiso constructivo” con China, con la esperanza de que al integrar a la China comunista en la economía global, automáticamente habría democracia o una sociedad abierta en el Reino Medio.

Las buenas intenciones de Estados Unidos ayudaron a China a convertirse rápidamente en una potencia mundial. En junio, en su discurso ante la Federación Nacional de Empresas Independientes, el presidente Donald Trump declaró: “China ha estado sacando 500.000 millones de dólares al año de nuestro país y reconstruyendo China”, un punto que el presidente planteó reiteradamente.

La política de compromiso constructivo se basó en un sueño imposible que produjo, en la mayoría de los casos, resultados opuestos, si no escasos; Beijing está ahora tratando impulsivamente de establecer las reglas para los negocios y para la geopolítica en todo el mundo.

En su libro, “El Gran Engaño: Sueños liberales y realidades internacionales”, el profesor John Mearsheimer, experto en neorrealismo, culpa a la llamada “hegemonía liberal” por el fracaso de la política exterior de Estados Unidos desde el colapso de la ex Unión Soviética.

Desde el punto de vista de Mearsheimer, el enfoque liberal de rehacer el mundo a imagen de Estados Unidos mediante la defensa de una economía internacional abierta y la construcción de instituciones democráticas en todo el mundo no produjo el resultado deseado porque no se tuvieron en cuenta dos fuerzas mayores: el nacionalismo y el realismo.

Mearsheimer señaló: “A Trump no le quedará más remedio que avanzar hacia una gran estrategia basada en el realismo, aun si hacerlo signifique enfrentar una resistencia considerable en el país”.

Malinterpretando a China

La percepción errónea más predominante, si no la más perjudicial, sobre China entre los dirigentes políticos es la idea de que el Partido Comunista Chino (PCCh) opera de acuerdo con los llamados valores o normas asiáticos arraigados en la civilización china de 5000 años de antigüedad; por lo tanto, sus peculiares acciones quizás puedan ser perdonadas.

Este entendimiento apareció en varias reacciones al discurso innovador de Pence, que no podían estar más lejos de la verdad. En realidad, desde 1949, el PCCh ha sido implacable para purgar lo mejor del patrimonio cultural chino, logrando en muchos aspectos desconectar el pasado del presente.

No es de extrañar que muchos chinos del continente que visitan por primera vez la República de China (comúnmente conocida como Taiwán) se sorprendan al descubrir que gran parte de la cultura y tradiciones chinas están mejor preservadas en esta isla que en su tierra natal, China continental.

Si hubiera algún “choque de civilizaciones” entre Estados Unidos y China, en realidad se reduciría al choque entre la ideología del PCCh y las normas de la democracia occidental.

La cultura tradicional confuciana, como se demostró en Taiwán, se sincroniza en armonía con el sistema democrático occidental. Siendo una importación rusa, el PCCh no es, en absoluto, parte del legado chino.

Nuevo gobierno, nueva política hacia China

El 2 de diciembre de 2016, la llamada telefónica del entonces presidente electo Donald Trump con Tsai Ing-wen, presidente de la República de China, fue considerada por muchos observadores de China como la primera señal de salida del protocolo de Washington en décadas.

Este significativo gesto hacia Taiwán fue seguido por algunas visitas de altos funcionarios estadounidenses a Taipei, así como por el apoyo unánime del Congreso a la inclusión de disposiciones en la Ley de Autorización de la Defensa Nacional de 2019 (NDAA, por sus siglas en inglés) para fortalecer las capacidades de defensa de Taiwán.

El apoyo a Taiwán reconoce, como declaró Pence en su discurso, que “Estados Unidos siempre creerá que el abrazo de Taiwán a la democracia muestra un mejor camino para todo el pueblo chino”.

Tanto la Estrategia de Seguridad Nacional (diciembre de 2017) como la Estrategia de Defensa Nacional (enero de 2018) tienen claramente a la China comunista (y a Rusia en menor grado) como la principal amenaza a los intereses de Estados Unidos en Asia y en otros lugares. Estos documentos de estrategia atenúan lo que al menos había sido una esperanza de que China no fuera un adversario.

Hace menos de un año, Trump brindó en Beijing por “una amistad que solo se hará más y más fuerte en los muchos años venideros” en un banquete con el líder del PCCh, Xi Jinping.

El 26 de septiembre de 2018, mencionando la intromisión de Beijing en las elecciones de mitad de período en Estados Unidos, Trump dijo a la prensa en la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Tal vez ya no sea [mi amigo], seré honesto con ustedes”.

Como señaló Pence, “China quiere un presidente estadounidense diferente”. Es evidente que las gélidas relaciones con Beijing están ahora más allá de la mera disputa comercial.

Una reprimenda

En el Foro de Seguridad de Aspen en julio, el director del FBI Christopher Wray habló de China como “la amenaza más amplia, más desafiante y más significativa que enfrentamos como país”.

The Telegraph informó el 9 de octubre que “China se ha convertido en el mayor Estado patrocinador de ciberataques en Occidente”. Según The Telegraph, “CrowdStrike, que reveló el ciberataque ruso al Comité Nacional Demócrata en 2016, dijo que China estaba ahora por delante de Rusia como el Estado-nación más prolífico en organizar ataques a empresas, universidades, departamentos gubernamentales, centros de investigación y ONG”.

No importa quién lea las hojas de té chinas, uno no puede dejar de notar una hoja de ruta inconfundible del expansionismo comunista a través de su iniciativa llamada “Un Cinturón, Una Ruta”.

‘Un Cinturón, Una ruta’ utiliza al financiamiento como ‘trampas de deuda’ para ganar influencia sobre otras naciones. En las instalaciones militares en el Mar Meridional de China, vemos cómo se ejerce un poder militar más que visible para establecer un potencial dominio sobre los canales, a través de los cuales fluye gran parte del comercio mundial.

Dentro de China, la indignación más reciente en materia de derechos humanos consiste en llevar a cientos de miles de uigures musulmanes a campos de concentración. Investigadores de la sustracción forzada de órganos a los practicantes de Falun Dafa, que ya lleva más de 18 años, creen que las técnicas perfeccionadas contra Falun Dafa ahora se están expandiendo contra la población masiva de uigures detenidos.

Sin embargo, lo que el PCCh estuvo haciendo hasta ahora, ya sea con represión violenta en el país o con agresiones beligerantes en el extranjero, no enfrentó ningún desafío ni reprimenda internacional serio hasta que Trump se mudó a la Casa Blanca.

El discurso de Pence notificó a China y al mundo que ahora Estados Unidos está respondiendo.

Paz a través de la fuerza

A lo largo de los años, la hostilidad y resistencia del PCCh hacia las democracias occidentales no fueron plenamente reconocidas por los líderes occidentales, debido a que desde hace mucho tiempo mantiene estrechos vínculos con algunos grupos de intereses académicos, empresariales y políticos occidentales influyentes.

Pero el gobierno de “Primero Estados Unidos” está buscando ahora nivelar el campo de juego con el PCCh, no solo en términos de comercio y negocios, sino también en asuntos geopolíticos en todo el mundo. Si hay una Guerra Fría, Beijing la inició mucho antes de que muchos políticos en Washington estuvieran dispuestos a admitir abiertamente que estaba teniendo lugar.

Con Guerra Fría o sin ella, Washington finalmente se está embarcando en un camino realista para tratar con el Partido-Estado. El sentido común nos dice que es una ilusión esperar que un lobo se convierta en vegetariano.

La historia demuestra que la naturaleza depredadora de un régimen comunista nunca fue domada por una política de apaciguamiento o por un liberalismo ingenuo; en cambio, fue sometida por el enfoque realista de la paz a través de la fuerza, así como por la valentía moral para defender a la humanidad.

El 8 de octubre de 1951, en su campaña por un lugar en el Parlamento, la futura Primera Ministra británica Margaret Thatcher expresó esta idea básica: “La amenaza a la paz viene del comunismo, que tiene poderosas fuerzas listas para atacar en cualquier parte. El comunismo espera la debilidad, deja a la fuerza sola”.

En octubre de 1964, Ronald Reagan destacó: “La libertad nunca está a más de una generación de la extinción. No se la pasamos a nuestros hijos en la sangre. Debe ser luchada, protegida y transmitida para que ellos hagan lo mismo”.

A pesar de las olas de desafíos internacionales y nacionales, un Estados Unidos que se esfuerza por proteger sus valores fundamentales continuará siendo un faro global de esperanza para la libertad, la democracia y la humanidad.

Tal vez, el mejor consejo de política para lidiar con el PCCh viene del filósofo chino Confucio: “Devuelve la bondad con bondad, pero devuelve el mal con justicia”.

Peter Zhang centra su investigación en la economía política de China y Asia Oriental. Se graduó en la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing, en la Escuela de Derecho y Diplomacia Fletcher y en la Escuela Kennedy de Harvard como investigador del programa Mason.

A través de La Gran Época.

El discurso de Pence enuncia una política hacia China basada en el realismo
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Categorías: América EE.UU


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