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Sergio Julio Nerguizian (*) para BLes.com

En las últimas horas de la noche del domingo 24 de febrero de 1946, se conocían los primeros resultados de un acto eleccionario crucial en la historia contemporánea de los argentinos. La victoria del peronismo sobre una alianza de radicales, conservadores, socialistas y comunistas se vio consolidada a partir de una diferencia de 9,97%. Este porcentual consignó la voluntad de 280.786 argentinos varones mayores de dieciocho años de edad aunque, con el correr del tiempo, la idealización del acontecimiento ha contribuido a promocionar la impresión colectiva de un triunfo por margen y números arrolladores.

Apenas 129 días antes, el Coronel Perón, a cargo del modesto Departamento del Trabajo, entonces en la órbita del Ministerio del Interior, había sido objeto de una manifestación de fervor masivo por parte de obreros del cinturón industrial de Buenos Aires.

Hoy, a 73 años de aquel 17 de octubre, puede afirmarse objetivamente que el evento constituyó la ceremonia de entronización de un nuevo sujeto histórico: la más joven de las clases argentinas subía a escena, e iniciaba un proceso de tal intensidad que habría de teñir los años siguientes y de construir un mecanismo de poder contradictorio en el que el final abierto persiste hasta nuestros días.

La totalidad de las manifestaciones de la izquierda advirtieron desde la primera hora que el sueño de la revolución socialista se hallaba en peligro. Aquella era amenazada por la consolidación de un régimen fascista.

El marxismo cometía un pecado de consecuencias irreversibles, conforme lo advirtiera en su momento la crítica del nacionalismo yrigoyenista: la incorporación de categorías propias de los países centrales a la realidad de sociedades periféricas da lugar a una distorsión en la visualización de las mismas. El radicalismo sostuvo la neutralidad argentina en la Primera Guerra Mundial, y sus pensadores defendieron en su momento la tesis de que la Segunda Guerra Mundial era un ‘enfrentamiento inter-imperialista’ (en obvia conexión con la futura postura de Perón, al respecto de que el Movimiento debía ‘permanecer equidistante frente a ambos imperialismos’).

No obstante ello, en el caso del Partido Comunista Argentino (PCA), resulta sensato señalar que su margen de maniobra doméstico se presentaba restringido por las directivas que, desde 1924, Moscú imponía a sus subsidiarias en el mundo. La tesis de la revolución en un sólo país (la Unión Soviética) exigía que los PC del orbe colaborasen en la consolidación del proceso comunista, apoyando en todo lugar a cuanto frente antifascista se organizara con el fin de combatir a los ‘regímenes autoritarios de la burguesía enemiga de la clase obrera y aliada servil del imperialismo’.

Amén de estas limitaciones, el PCA no parece haber efectuado una lectura errónea del devenir argentino hacia octubre de 1946, con la efectiva asunción del mando por parte de Juan D. Perón. La logia que había producido el golpe del 4 de Junio de 1943 y finalizado en el ciclo del fraude patriótico, conocida como G.O.U. (Grupo Oficiales Unidos, si ha de prestarse atención a la versión más difundida) tenía en el joven Coronel y a la sazón Presidente de la República, a uno de sus principales animadores. La organización mostraba simpatías mal disimuladas por los países del Eje, en tanto le entusiasmaba la posibilidad de una derrota de los aliados.

Una enumeración de las circunstancias que habrán de explicarnos el fracaso de las izquierdas en la Argentina o, al menos, esbozar líneas de aproximación a objeto tan inasible, deviene en razonable.

1) Se instaura un período, entre 1946-1955, al que la literatura de filiación marxista suele denominar como la ‘era del bonapartismo’.

Juan Domingo Perón impulsó el armado de una estructura sindical extendida a todos los asalariados y de alcance nacional, superior a la que ya existía.
Juan Domingo Perón impulsó el armado de una estructura sindical extendida a todos los asalariados y de alcance nacional, superior a la que ya existía.

La caracterización de este modelo de conducción nacional (en el sentido de dirigir la sociedad de aglutinamiento superior que llamamos nación) pone el acento en la propensión al autoritarismo, esto es, en el mecanismo de generación de decisiones escasamente institucionalizado en donde priman las pasiones, la intuición, el despliegue de una personalidad magnética, y la distribución arbitraria de prebendas y privilegios como mecanismo de construcción de poder.

El bonapartismo como experiencia peronista vio en los socialismos a un enemigo potencialmente peligroso, y se prestó a articular todos los recursos disponibles para neutralizarlo, con escasa preocupación por la licitud de los métodos.

En el plano de su accionar político, el sistema erige al Estado en árbitro de las relaciones entre el capital y el trabajo, pero acentuando una injerencia enérgica en la resolución de los conflictos que se originan en la tensión de referencia. Al considerar al trabajador la parte débil de la colisión de intereses y producir una legislación tutelar en consecuencia, opaca la oferta de las vertientes del marxismo y, al mismo tiempo, garantiza el ejercicio del derecho de propiedad, es decir que el sistema de producción de riqueza y su distribución continúa librado a las fuerzas del mercado -aunque acotadas por el intervencionismo sistemático del Estado.

2) Los grandes sindicatos estatizados por la revolución justicialista (veremos más adelante la trascendencia de esta caracterización) dotan al Estado de una masa disciplinada de asalariados.

Al reservarse este la facultad discrecional de adjudicar a ciertos conglomerados de asalariados la representación exclusiva de una rama determinada de la actividad productiva, se autoadjudica un poder de policía administrativa que, en los hechos, equivale a construir poder gubernamental.

Los sindicatos, convertidos en piezas informalmente integradas a la burocracia estatal, consolidan una élite de dirigentes que, a cambio de fidelidad al régimen y control de la protesta obrera, consiguen con frecuencia perpetuarse en el ejercicio de sus funciones. Así, los secretarios generales de los sindicatos articulan un mecanismo de democracia interna de baja calidad que legitima, en la superficie, la renovación de mandatos y recibe del Estado burgués la sacralización del artilugio.

A modo de anticipo de las conclusiones a las que habremos de arribar, podemos por ahora consignar que la crónica del fracaso de las izquierdas es la historia de la consolidación del fenómeno peronista.

3) El carácter movimientista que Perón promoviera como instrumento eficaz para el acopio de base electoral hizo que surgieran tensiones internas, enseguida eternizadas, entre vertientes de derecha e izquierda.

Después de 1955, y ya desde el exilio, el General designa al que fuera diputado en su momento, John W. Cooke, como su delegado nacional. Este le escribe al General: ‘Le pido que defina al Movimiento como lo que es, como lo único que puede ser, un movimiento de liberación nacional de extrema izquierda, en cuanto se propone sustituir el régimen capitalista por formas sociales de acuerdo a las características de cada país’.

La deliberada ambigüedad ideológica impuesta con el fin de absorber corrientes contradictorias produjo el efecto colateral de cerrar el paso a la oferta programática que cualquier partido pretendiera utilizar para seducir al proletariado peronista. Generada en el seno mismo del Partido la discusión acerca de la identidad ideológica, poco tendrían para aportar las agrupaciones siempre minoritarias que soñaran con atraer a la masa de asalariados afiliados al peronismo.

4) Mientras comunistas y trotskistas recomiendan a sus militantes la lectura de Karl Marx y de sus comentadores, y en todo momento se enredan en alambicadas discusiones en torno de las condiciones objetivas y subjetivas que vuelven posible la revolución, el discurso peronista es sencillo, plano, directo, elemental -como corresponde a asalariados acuciados por la necesidad de confiar en un destino mejor de la mano de una figura providencial.

Las formas de comunicación libresca propias de élites ilustradas fue interpretada por las mayorías nacionales como una variante propia del círculo oligárquico al que ya habían aprendido a distinguir como el enemigo principal.

Este cuadro, que se corresponde en plenitud con la primera etapa del justicialismo, se complementó con acciones directas del Gobierno, consistentes en clausuras de centros y periódicos, detenciones arbitrarias y algunos homicidios nunca debidamente aclarados.

Aquí, retomamos la autocalificación de revolución que el peronismo adoptó para caracterizar su gestión. Tratándose de una revolución, se dan dos hechos que la confirman: la sustitución de la norma fundamental (la Constitución Nacional) por la legalidad nueva que estrena la revolución y por su consecuencia inmediata, la legitimación de los actos producidos, entendidos como el derecho de la revolución triunfante.

En las pupilas de los obreros argentinos de mediados de los cuarenta, queda fijada la imagen de socialistas, comunistas y conservadores tomados del brazo en torno al embajador estadounidense Spruille Braden, en oportunidad de la Marcha de la Libertad, advirtiendo acerca del proceso fascista en ciernes y sobre el encumbramiento de un Coronel dispuesto a instalar un régimen autoritario.

Así lo refiere, entonces, un sociólogo contemporáneo: ‘En 1946, a poco de asumir la Presidencia, se publicó con su firma [N. del A.: la de Perón] el volumen Doctrina Revolucionaria (…): La Revolución, escribió en la presentación del libro, si bien triunfante en un aspecto, no puede consolidarse ni afianzarse, en sus postulados, si no cuenta con una doctrina claramente expuesta, orgánicamente presentada y accesible a todos los sectores de la población’.

Algunos años después del golpe que en 1955 pusiera fin a la experiencia justicialista, se produce un hecho sorprendente, dada su paradójica condición. Los hijos de la burguesía que había aplaudido el fin de la pesadilla peronista, inician una re-lectura del ciclo y, a tono con las corrientes intelectuales del momento, reconocen al proletariado como sujeto histórico legitimado para reclamar un rol determinante en la sociedad argentina. Es una generación que lee a Marx y a Lenin y discute, en los bares de la calle Corrientes, una vía argentina para la instauración de un socialismo ajustado a la caracterización del país como capitalismo periférico propio del Tercer Mundo.

A los efectos de coronar el cataclismo mental que los azuza, muchos de ellos adhieren al enunciado que los empujará a la tragedia: la violencia es la partera de la historia.

Tanto desde el nacionalismo católico como desde el materialismo histórico ateo y apátrida (en conformidad con el calificativo que la derecha conservadora aplicaba a los marxistas), se desprenderán dos grandes líneas de acción.

Una de ellas decidirá que la revolución no cuajará jamás si no se la incuba desde el interior del peronismo, ya que la masa de asalariados mantiene adhesión incólume al Justicialismo y a la autoridad de su conductor. Estructurarán una organización armada y una de superficie para las relaciones institucionales dentro del Movimiento. Se llamarán Montoneros y Juventud Peronista, y emplearán los recursos de la técnica de penetración ideológica que les provee el manual del entrismo.

Otros también creen que la revolución solo la hará el peronismo, porque retiene al proletariado, no obstante la limitación ideológica de su concepción pequeñoburguesa. Preferirán crear el clima pre-subersivo en las masas, golpeando las instituciones del sistema de opresión capitalista, ya sean empresas, funcionarios o fuerzas de seguridad y militares -en este enfoque, concebidas todas ellas como brazo armado de las clases dominantes. La reiteración de estos hechos despertaría en el proletariado su conciencia de clase a través de un proceso gradual que incluirá propaganda y difusión clandestina. Su manual de procedimientos se centra en el foquismo. El epígono más notable será el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo): ‘La crisis del capitalismo, el desarrollo de la lucha revolucionaria, las nuevas experiencias de las masas, y la clara alineación de Perón en el campo burgués, son factores que se unen, dando como resultado la apertura de la situación más favorable de los últimos treinta años para el desarrollo impetuoso de las organizaciones revolucionarias, entre ellas, la fundamental: el Partido Revolucionario de los Trabajadores, partido marxista leninista que garantizará una dirección correcta, auténticamente revolucionaria de la lucha revolucionaria obrera y popular’ (Documento del PRT; 1973).

Ambos proyectos fueron finalmente derrotados en el campo militar y en el político, aunque aún resuenan en algunos círculos minoritarios los ecos de una violencia que bañaría en sangre al país y lo haría retroceder en el camino que alguna vez pretendió iniciar como nación rectora en el subcontinente.

5. La atomización de fuerzas de izquierda ha restado desde siempre eficacia electoral a los partidos involucrados.

Curiosamente, aunque se critica como vicio burgués al culto de la personalidad, las izquierdas copian el hábito que dicen abominar.

En general, tienen grandes dificultades para conformar un frente único que potencie sus chances para ganar, al menos, un número expectante de bancas en cualquiera de los estamentos abiertos a la competencia. Decenas de meros sellos de goma revelan las dificultades que exhiben los dirigentes para resignar hipotéticos protagonismos: la dispersión esteriliza los esfuerzos comprometidos y a su vez, desacredita los proyectos socializantes, al reducirlos a una duelo de narcicismos mientras pierden originalidad las propuestas programáticas, fagocitadas estas por la ambición de exposición pública y, particularmente, mediática.

6. Poco antes de su regreso al país -con miras a asumir, meses después, su tercer mandato-, Perón comentaba públicamente que el giro al socialismo era un fenómeno mundial y que, entre nosotros, la manera argentina de traducir el hecho consistía en sostener al Justicialismo.

La frase ‘socialismo nacional’ (citada con frecuencia) allanaba el camino para tres apreciaciones diferenciadas:

a) Al adjetivar al sustantivo, insinuaba que la versión local podría tomar distancia de la conceptualización académica del vocablo. Así, nuestro socialismo de raíz justicialista no eliminaría la propiedad privada de los medios de producción, ni procedería a concretar una reforma agraria, entre otras prudentes limitaciones, pero alentaría una fuerte intervención estatal con el objeto de quitar toda competencia de los privados en las relaciones capital/trabajo (restricción a la autonomía de la voluntad), e iniciaría un programa de nacionalizaciones de recursos naturales, especialmente en el área energética;

b) ‘Socialismo nacional’ era también una promesa dirigida a los grupos armados, al respecto de que el giro a la izquierda remuneraría el aporte de hombres, acciones y recursos con que habían colaborado las ‘formaciones especiales’ en la tarea de recuperar el régimen democrático.

Una vez más, el eficiente artefacto definido como Movimiento mostraba una elasticidad notable, como para incluir tanto proyectos tributarios de fuentes marxista-leninistas a la criolla, como un peronismo de derecha enraizado en el sindicalismo de Estado al que el Jefe había halagado desde siempre con la caracterización invariable: la clase obrera es la columna vertebral del peronismo;

c) Puesta en boca del General, la sentencia socialismo nacional limitaba la discusión de la vía argentina al socialismo a la tarea de dirimir supremacías en el seno mismo del Movimiento. Los aportes de otros partidos no integraban el debate porque, si el proletariado era monolíticamente peronista, poco o ningún interés tenían los puntos de vistas ajenos al mismo.

Pronto, el conflicto interno alcanzó picos de intensidad suficientes como para que el Conductor decidiera, cual solución quirúrgica, expulsar del Partido Justicialista a su ala izquierda armada.

El golpe militar de 1976 llevó a cabo una tarea de exterminio de las guerrillas urbanas, con lo cual los experimentos del entrismo peronista y del foquismo marxista-leninista quedaron clausurados definitivamente, a un altísimo costo de vidas y padecimientos inéditos en la historia argentina del siglo XX, y registrándose pocos ejemplos semejantes aún en el resto del mundo.

7) En noviembre de 1943, el matutino chileno El Mercurio publica declaraciones de Perón, pronto reproducidas por La Prensa de Argentina: ‘Yo, personalmente, soy sindicalista por antonomasia y, como tal, anticomunista; pero creo que debe organizarse el trabajo en forma sindical, de modo que los trabajadores y no los dirigentes sean los que aprovechen los mayores beneficios’.

Los socialistas de La Vanguardia descreen del discurso que instala Perón y de su vocación obrera: ‘En tanto el sindicalismo revolucionario exalta la función exclusiva del sindicato y repudia a la política, el sindicalismo estatal y el corporativismo tienen al sindicato para atar a los obreros en una corporación estrecha, porque la política es reservada exclusivamente para los usuarios del Poder’.

La incomprensión del fenómeno excepcional del peronismo equivalía a la incapacidad de los partidos tradicionales, incluidos los de la izquierda liberal y descafeinada hasta los dogmáticos del marxismo-leninismo, para encuadrar al Movimiento en alguna de las categorías establecidas, y cuya veneración hacían previsible la conducta colectiva de los humanos e inteligible la historia de los grandes acontecimientos sociales de masas.

8) A modo de test con miras a evaluar la posibilidad de una revolución que tenga al proletariado argentino por protagonista central, parece oportuno citar a Lenin como intérprete insuperado del legado del tándem Marx-Engels.

Así, aquel afirma que la situación revolucionaria exige:

1) Para que estalle la revolución ordinariamente, no basta que ‘los de abajo no quieran vivir como antes’, sino que es preciso también que ‘los de arriba no puedan vivir como entonces’.

Esta condición objetiva se dio, precisamente, cuando a comienzos de los años cuarenta el esquema oligárquico sostenido por el fraude sistemático ingresó en un ciclo de agotamiento de sus recursos de control social. En efecto, la política de sustitución de importaciones iniciada con vigor desde el derrocamiento de Yrigoyen y alentada por los centros de poder económico como la Sociedad Rural, habían generado la expansión de las fábricas en Capital Federal y el conurbano circundante. Es decir que el elemento material, la fábrica, ‘diseña’ a la clase obrera según las modalidades de producción.

El golpe del 4 de junio de 1943 levanta la bandera de los comicios libres y sin proscripciones, al tiempo que toma las riendas de la conducción un militar que ha permanecido algunos años en la Italia mussoliniana y siente admiración por el ejército alemán, esto es, que la condición objetiva revolucionaria es absorbida por una dirección anticomunista convencida de que ‘ningún trapo rojo va a reemplazar a la celeste y blanca’.

Pero continuemos con Lenin: ‘2) Una agravación fuera de lo común de la miseria y de los sufrimientos de las clases oprimidas’.

La Argentina de posguerra es próspera, y el nivel de vida de sus clases bajas asciende notablemente durante diez años. El Justicialismo pondrá el aliento en el estímulo del consumo interno, y esta será, invariablemente, una nota distintiva de la política del Partido.

Lenin agrega un último requisito como condición objetiva revolucionaria: ‘3) Una intensificación, por estas causas, de la actividad de las masas que en tiempos de ‘paz’ se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por la situación de crisis, como por los de arriba, a la acción histórica independiente’.

En la Argentina, la clase obrera no fue ’empujada’ a asumir el protagonismo que conocemos: sencillamente, exigió que la conducción de sus intereses se confiara a un Coronel que en dos años y medio de gestión había interpretado sus aspiraciones de clase, y había dispuesto de una batería de recursos expresivos y comunicacionales sin precedentes en la relación gobierno/proletariado.

Finalmente, el bueno de Lenin parece explicarnos historia argentina contemporánea: ‘Sin estos cambios objetivos, no solo independientes de la voluntad de los distintos grupos y partidos, sino también de la voluntad de las diferentes clases, la revolución es, por regla general, imposible. El conjunto de estos cambios objetivos es precisamente lo que se denomina situación revolucionaria’ (Vladimir Ilich Uliánov; Lenin, La bancarrota de la II Internacional; 1916).

Los magros resultados electorales han forzado a los partidos de izquierda a ensayar variantes tácticas. En estos tiempos, se esfuerzan por asumir la representación de los intereses de minorías en general no valoradas por su potencia comicial.

Buscan, pues, refugiarse en los colectivos de defensa de la diversidad sexual, en el indigenismo y el discurso tutelar de los ‘pueblos primitivos’, las conductas que alteran el ecosistema y el manejo abusivo de recursos naturales, el derecho al aborto como derivado de la libertad de disposición del cuerpo propio, la toma de fábricas y la interrupción del tránsito como formas de golpear los intereses permanentes de la burguesía y otras zonas de exploración de simpatías que, por el momento, no han agregado peso específico electoral.

Para la clase obrera, con amplísima mayoría justicialista, estos asuntos le resultan distantes de sus intereses inmediatos. Por el contrario, comparten cierto tufillo a una serie de preocupaciones propias de élites. Y, como en su oportunidad les enseñara elípticamente el General, en sus referencias oblicuas y campechanas, las minorías no son pueblo.

(*) De profesión Abogado, Sergio Julio Nerguizian oficia de colaborador en El Ojo Digital (Argentina) y otros medios del país. En su rol de columnista en la sección Política, explora la historia de las ideologías en la Argentina y el eventual fracaso de éstas.

Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no necesariamente reflejan los puntos de vista de BLes.com.

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Categorías: América Argentina Opinión


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