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El té tiene su hogar en China desde el inicio mismo de aquella civilización, hace unos 5000 largos años. Sin embargo, aunque algunos retazos de la cultura del té siguen presentes en las costumbres de esa civilización, bajo el impacto del ateísmo de los últimos años, la parte más rica de las tradiciones en torno a esta planta ha quedado atrás en la vida diaria de la gente.

Esto también es por la velocidad de la vida moderna. La gente ya no puede quedarse quieta y dedicar su tiempo a sentarse para beber el té lentamente, contemplando y reflexionando sobre la vida.

Curioso es el caso de Estados Unidos, por ejemplo. Hoy en día, la escena de hombres y mujeres caminando en la oficina, llamando por teléfono con un vaso de poliestireno con café en la mano, o sosteniendo el vaso caliente entre las piernas mientras manejan después de comprarlo en un “drive-in café”, hace al paisaje diario de las grandes urbes.

Además, al momento de pedir el café, utilizan una frase que es marca registrada de los estadounidenses: “One coffee to go…”. La idea de sentarse para tomar una bebida caliente en tasas verdaderas de porcelana denota un privilegio que pocos tienen, pues allí se toma “to go” (para llevar). El té, afortunadamente, todavía no se ha asociado a este “to go”, y no debería llegar a esto, porque la cultura verdadera de beber té es totalmente opuesta a aquella del “to go”.

La tradición de beber el té, concebida como una parte de la vida, era una manera de nutrir al cuerpo y purificarse en una dimensión más profunda. Durante los procesos de preparar el té, gozarlo, olerlo y beberlo, la cabeza se va purificando, los pensamientos embrollados se van restringiendo, las amistades se van entrelazando, y los modales y la virtud se van cultivando.

Por sobre todo, tomar el té ayuda a tranquilizarse, a calmar la mente, lo cual va de la mano con la filosofía de vida de la antigua China.

(Foto: Maria Melnikova Photography)
(Foto: Maria Melnikova Photography)

De allí viene la importancia de beber té en la vida cotidiana de los ancestros chinos, y en particular de su ceremonia, que tiene significados internos muy profundos.

Las dos escuelas principales de cultivación, la escuela Fo (Buda) y la escuela Dao, han desarrollado diferentes culturas del té.

El Dao requiere que el hombre entre en un estado solitario de tranquilidad, libre, en su búsqueda de la verdad. El Dao del té en la China antigua es una acción solemne que vincula al hombre con el cosmos y los espacios del universo. La cultura del té de los cultivadores del Dao asimila el significado interno de la cultivación espiritual.

En ese mismo nivel de la cultivación espiritual, la escuela Fo (Buda) requiere al bebedor de té desarrollar y manifestar su benevolencia.

La cultura de té en China, entonces, ha incorporado las implicancias de las escuelas Fo y Dao en diferentes grados según el compromiso espiritual del bebedor.

Pero la tradición popular del té está más influida por el confucianismo, que la orienta a experimentar una vida social armoniosa. En efecto, tomar té es una buena manera de comunicarse y mejorar la amistad.

En su conjunto, el té, tomado en su debida forma, ayuda a los bebedores a examinarse a sí mismos y motivar la introspección, a entender mejor a otros y alcanzar un estado armonioso con la naturaleza y la sociedad en general.

El ritual comienza en la siembra

(Foto: Alex Treadway)
(Foto: Alex Treadway)

La calidad del té depende de la rigurosidad del cultivo, del mismo modo que el carácter de la gente se vuelve más noble mediante una apropiada cultivación. La gente antigua no solo tenía requisitos estrictos sobre el tiempo o la hora para cosechar el té –cuando Cielo y la Tierra están en armonía –, sino también sobre cómo recolectarlo.

Un buen té tiene que ser cosechado por personas buenas. Por requisito, solo mujeres vírgenes, de alta moral e indiferentes a la fama y a la fortuna eran elegidas para su recolección. En el momento de la cosecha, no se debe pensar en nada, o solo en cosas buenas, no malas. Se dice que solo de esta manera el gusto del té es correcto, puro y sabroso.

Este aspecto espiritual del té se conectaba también con otros propósitos. Por ejemplo, se creía que si un hombre y una mujer se llevan cada uno una bolsa de té y después de un mes lo intercambiaban para tomar, ambos podían alcanzar un balance de ying y yang, y corregir los efectos negativos que surgen desde que ying se encuentra en prosperidad y yang en decadencia. Algunos dignatarios buscaban específicamente a mujeres solteras para que cosechasen el té. Se dice que sólo el té cosechado así equilibra el yin y yang, y también puede prolongar la longevidad de quien lo bebe.

Los ancestros chinos comenzaban a evaluar la calidad del té según la altura de su cultivo. El té normalmente florece en alturas de hasta 1800 metros. Los sembradores de té dicen que cuanto más baja es la altura, más duras resultan las hojas. Los especialistas insisten en que el té que crece en las alturas tiene los sabores más deseables. Los tés que crecen a tales alturas son más caros que los que crecen en terrenos bajos, pues su ubicación requiere un trabajo más intensivo.

El agua: factor crucial

(Foto: MirageC)
(Foto: MirageC)

El agua para hacer el té también se considera clave. En el tiempo antiguo, se traía el agua del río para hacer el té. El agua tomada de corrientes altas guarda sus características de galopante y fuerte; el té hecho de esta agua da fuego a quien lo bebe. La corriente de media altura es lenta, pero llena de energía; es mejor para hacer el té. Por lo tanto, la velocidad y el trajín dan al agua diferentes características. Las distintas cualidades de las cosas deben encajar y complementarse en los distintos ámbitos para alcanzar armonía.

Del cuento titulado A través de la puerta de la luna, de L.Z. Yuan, se sabe que Chien Lung, el famoso emperador de la Dinastía Ching del siglo XVIII, exigía no sólo las mejores hojas, sino también la mejor agua para la preparación de su té.

Durante sus viajes por todos sus reinos, el emperador Chien Lung clasificó las calidades de las fuentes de agua, según las propiedades de esta para hacer el té. Finalmente, Chien Lung llegó a la conclusión de que “el agua más ligera es la mejor para hacer té”.

El primer premio en esta clasificación se lo llevó el manantial Fuente de Jade en las afueras de Beijing, porque allí “el agua tiene la cualidad de la nieve derretida”.

La nieve derretida como agua perfecta para té se plantea también en otra historia, la novela Jin Ping Mei (Flor del Ciruelo en el Jarrón de Oro), de un autor anónimo del siglo XVI. En el cuento, el personaje ‘Dama Luna’ va hacia un patio cubierto de nieve, recoge una porción de nieve en el camino y la calienta en la tetera. Para elaborar su té, utiliza una mezcla especial de té: ‘noble fénix’ y ‘suave lengua de alondra’. La preparación embelesa a sus invitados, provocando que uno de ellos escriba este poema en agradecimiento: “En el tarro de jaspe la luz sopla vapor cristalino. En las tazas doradas se acumula una extraña y salvaje fragancia”.

Los utensilios, un detalle mayor

Lo más probable es que esas tazas “doradas” del poema Jin Ping Mei hayan sido una licencia poética para referirse al brillo de la taza, porque ningún chino bebería té de una taza de metal, salvo en situaciones extremas.

Las primeras tazas de té eran de cerámica, y luego pasaron a hacerse de porcelana; finalmente se desarrolló una gran industria de las mismas. Los ricos podían comprar las más finas porcelanas de manufacturas selectas, adornadas con exquisitos brillos y diseños delicados.

Como dice el refrán: “El agua es la madre de té; la tetera es el padre”. Esto se debe a que los utensilios del té no sólo son indispensables para contener al líquido, sino que los utensilios adecuados ayudan a mejorar el color, aroma y sabor del té.

Al mismo tiempo, un juego de té hermoso y elegante ayuda a gozar el té.

Varias dinastías son famosas por sus porcelanas, pero ninguna más que la dinastía Ming. Las tazas de té de esa época eran y son aún las más valuadas. Las pocas que quedan son exóticas piezas de museo, inigualables en cuanto al trabajo manual, los brillos y las formas.

El Dao del té

El fundador del Dao de té y autor del ‘Clásico de té’, Lu Yu, de la dinastía Tang, dedicó su vida antera a la investigación de esta planta tan significativa en la vida social: la plantación, la cosecha, las tazas, la elección del agua, cómo prepararlo y cómo servirlo.

Según sus enseñanzas, en el ritual de tomar té se debe prestar atención a mantener un lenguaje corporal correcto; debe hacerse en un ambiente que permita gozar de la naturaleza, sin ruidos, sin conflictos, sólo con el canto de pájaros y el perfume de las flores, el canto del río, y sólo así se logra una elevación del espíritu. Los que ama beber té en esas condiciones, al momento de hacerlo, desean una sociedad armoniosa, más tranquilidad, menos superficialidad y más sinceridad.

En este sentido, las teteras simples, por ejemplo, manifiestan que los bebedores de té no buscan el lujo o la extravagancia.

Para experimentar la cultura real del té, es necesario entonces devolverle a esta bebida su inseparable ritual, que consta de dos elementos esenciales: arte y Dao. Si fuera solo un arte, tendría una forma, pero sin alma. Si sólo se tratara del Dao, existiría el alma, pero sin la forma para llevarlo a la práctica. Así como el alma y el cuerpo en el ser humano, ambos aspectos están conectados.

Por lo tanto, en medio del presente auge mundial del consumo del té, quien quiera vivenciar esta tradición en plenitud, debe saber que el té es un arte (cosechar el té, hacer el té, degustar el té) que, tal como la vida, es inseparable del Dao.

La profunda conexión del té con la espiritualidad
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Categorías: Cultura


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