Un antiguo relato chino narra la historia de una anciana sirvienta que era muy maltratada por su patrón rico. No tenía ropa para vestirse ni suficiente comida para llenarse, y el patrón a menudo la golpeaba y amarraba. El trato era tan cruel, que ella a veces sentía que prefería la muerte.

Un día, fuera de la casa, cuando se dirigía a buscar agua con una botella, la anciana sirvienta afloró su tristeza y empezó a llorar. Justo pasaba un monje de la Escuela Buda, y éste le dijo con compasión: “La pobreza es dura, ¿por qué no la vendes?”

“¡Quien me va a comprar la pobreza!”, respondió la anciana. El monje la miró fijo con expresión benevolente y dijo una simple frase: “Realmente puedes vender la pobreza”.

Intrigada, la anciana le preguntó: “¿Y cómo se vende?”. “Créeme lo que digo”, dijo el monje. “Si quieres vender pobreza, ahora limpia la botella, llénala con agua limpia y regala el agua a los monjes como limosna”, completó.

La anciana dijo: “La botella es del patrón, ¿cómo puedo darla como limosna?” A lo que el monje respondió: “La botella no es tuya, pero el agua dentro sí lo es”.

La anciana se puso feliz. Lavó la botella, la llenó con agua fresca y fue a darla como limosna. Los monjes la recibieron y, en agradecimiento, le realizaron el ritual de iniciación y recitaron mantras.

Una noche, después de un mes, la anciana se murió en la casa de su patrón. Cuando éste la vio muerta al día siguiente, se enojó y arrojó el cuerpo en un bosque lejano. El espíritu de la anciana, ya reencarnado en un ser de un espacio celestial, vio que su cuerpo era muy sucio; por eso estaba feliz de haber vendido realmente su pobreza utilizando el método de dar limosnas. Ahora había obtenido fortuna gracias a su sufrimiento y sus obras de bien en el mundo humano y, con alegría, desde otro espacio, arrojaba flores sobre el suelo y sobre su cadáver.

Dando limosnas se puede vender la pobreza. Sabiendo los principios de Fo Fa (Ley Buda),  se puede vender la posición baja; liberando a seres vivos en cautiverio se puede vender la muerte prematura; mediante la búsqueda de conocimiento se puede vender la ignorancia. Entonces, todas las penurias que encontramos en la vida, ¿acaso no podemos venderlas una por una con acciones buenas y benevolentes?

La vida la determina el Cielo

Fortuna o infortunios, los determina uno mismo

Wei Liaofan vivió en el tiempo de la dinastía Ming. Una vez, en un templo, conoció a un hombre mayor de apellido Kong, que era muy bueno haciendo lecturas de vida.

El señor Kong le hizo una lectura de vida a Wei y predijo las calificaciones que éste  obtendría en los tres exámenes para convertirse en funcionario. Al año siguiente, las predicciones se hicieron realidad.

El señor Kong también le predijo sus fortunas e infortunios: qué año obtendría qué puesto, cuándo sería promovido, que en cierto momento sería elegido para ser gobernador de una provincia y que, tres años después, renunciaría y volvería a su hogar natal. También predijo que iba a fallecer a los 53 años y que, por desgracia, no tendría ningún hijo.

Wei anotó todo cuidadosamente. Con el paso del tiempo, las predicciones se fueron cumpliendo una tras otra; entonces Wei se convenció de que el nacimiento, la muerte, cuándo uno tiene fortuna, cuándo padecerá infortunios, está todo fijado, que todo está determinado por el Cielo y no hay manera de cambiarlo.

Pero, años después, Wei se encontró con el monje Yungu y, bajo su tutela, aprendió que, de hecho, sí se puede cambiar la vida de uno. Una persona muy benevolente, aunque en su vida esté determinado que tendrá que sufrir penurias, cuando realiza una acción de extrema bondad, la energía de esta acción bondadosa hace que su penuria se convierta en alegría; que la pobreza, la baja posición social y la muerte precoz se conviertan en riqueza, clase alta y larga vida. Una persona extremadamente mala, aunque en su vida tenga predestinada fortuna, cuando realiza algo extremadamente malo, la energía de esta acción hace que su fortuna se torne en una desgracia. Riqueza, clase alta y larga vida cambian por pobreza, clase baja y muerte precoz. Por eso, cuando uno produce maldad, su fortuna automáticamente se quiebra; y cuando uno cultiva la bondad, naturalmente obtiene fortuna. Esta enseñanza se encuentra en gran cantidad de libros y poemas antiguos chinos.

Wei, que era muy descuidado, superficial y no daba importancia a nada, empezó a cultivarse en una persona muy cuidadosa, humilde y respetuosa hacia otros. Aun cuando se encontraba solo, se mantenía alerta para no cometer errores y llamar la atención del Cielo. Cuando gente que no lo quería lo calumniaba, él tampoco se molestaba y no le daba importancia.

Al año siguiente de esta iluminación, Wei rindió un examen para otro puesto de funcionario y obtuvo el primer puesto, a pesar de que el señor Kong le había predicho que en esa prueba iba a quedar en tercer lugar. También obtuvo una promoción en otoño, que no había sido predicha. Las predicciones del señor Kong empezaron a perder peso, pues todo esto, evidentemente, no estaba predeterminado en su vida.

Desde entonces, Wei se hizo cada vez más estricto consigo mismo, siguiendo el dicho “No dejes de hacerlo sólo porque es una bondad pequeña, ni tampoco lo hagas porque apenas es una pequeña maldad”. Empeñó su máximo esfuerzo en cultivarse, acumular ‘de’ (virtud; en la cultura china, es materia blanca que se acumula en otro espacio cuando uno hace cosas buenas o sufre) y actuar con bondad.

En efecto, cuando cortó la maldad en él cultivando la bondad, los infortunios se disolvieron y llegó la fortuna. Incluso tuvo un hijo y murió recién a los 74 años.

Wei le enseñó a su hijo contándole la historia de su vida, para que entendiera claramente la importancia de alcanzar el estándar de bondad, de actuar con benevolencia y de ser humilde y respetuoso frente a otros, a fin de cambiar cualquier infortunio predeterminado.  Sus enseñanzas luego se difundieron ampliamente.

Se puede ‘vender’ la pobreza
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Categorías: Cultura Legado divino


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