Samantha Power, una conocida de la era Obama, fue confirmada por el Senado con un bochornoso apoyo republicano. Power ostenta en su haber un férreo antisemitismo y un ferviente intervencionismo militar.

Esta semana, el Senado de los Estados Unidos confirmó a quien será la nueva jefa de Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional durante la administración del presidente Joe Biden: la ex funcionaria de Obama y corresponsal de guerra, Samantha Power. 

Esta agencia, abreviada comúnmente por sus siglas como USAID, es la encargada de proveer y distribuir la mayor parte de los recursos que Estados Unidos destina en concepto de ayuda a países extranjeros.

Durante los tiempos del gobierno del ex-presidente Barack Obama, la USAID jugó un papel preponderante en las intervenciones militares que Obama decidió ejecutar en Oriente Medio, como así también funcionó para desestabilizar los gobiernos de esa región que no eran del agrado del presidente demócrata. 

Durante la presidencia de Donald Trump, la USAID, en sintonía con la postura anti-intervencionista del mandatario republicano, cambió radicalmente su rumbo y fue mayoritariamente desfinanciada ya que según Trump la mayor parte de los fondos iban dirigidos hacia gobiernos que apoyan y financian el terrorismo islámico, como Palestina o Yemen. 

Con la llegada de Biden al poder, la USAID volverá a sus viejos hábitos de la era Obama, y es por esto que el actual mandatario eligió a una de las funcionarias más duras del obamismo para presidir esta agencia. 

Power es una vieja conocida de la política internacional, y fue una de las personas que mayor poder ostentó durante el ciclo Obama. Desde 2009 al 2013, trabajó como asesora presidencial en política exterior y ocupó el puesto de Embajadora de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas desde 2013 hasta 2017. 

El poder de Power se radicó principalmente en Medio Oriente, donde la ahora jefa de la USAID ofició como una de las funcionarias más cercanas a Obama y una de las más entusiastas de las intervenciones militares junto con la ya conocida Susan Rice, la mano derecha de Obama. 

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Tanto Power como RIce, que ahora también ocupa un lugar en la administración Biden, fueron las funcionarias más vocales y las que más fuerte presionaron a Obama para que finalmente tomara la determinación de invadir militarmente Libia y en Siria en 2011 y 2013 respectivamente. Ambas formaron parte del denominado “Circulo de la Guerra” de Obama en 2011. 

La llegada de Biden al poder les permite a Power y a Rice volver a ser quienes comanden las decisiones en Medio Oriente, puesto que el ahora presidente ya anunció que sentará a las dos funcionarias en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca y recibirá asesoramiento diario de ellas. 

Con la llegada de Rice y la confirmación de Power, Biden termina de configurar su gabinete de guerra, liderado por su mano derecha y ahora Secretario de Estado, Anthony Blinken, quien convenció a Biden en 2003 para que fuera uno de los senadores más entusiastas de la invasión militar a Irak. 

Años después y pese a sus desastrosos consejos, Power siguió formando parte de la mesa chica de Obama y siguió cometiendo actos que la ubican como la más fiel representante del ala más reaccionaria e inescrupulosa del obamismo.

La nueva jefa de la USAID fue una de las figuras claves del ObamaGate, el escándalo de espionaje ilegal orquestado por el ex-presidente demócrata que consistía en espiar la campaña presidencial del entonces candidato Donald Trump y de sus más cercanos colaboradores. 

En particular, Power se enfocó en el general retirado del Ejército y consejero de Seguridad Nacional de Trump, Michael Flynn, a quien las agencias de Inteligencia grabaron ilegalmente todas sus conversaciones con figuras internacionales durante la campaña presidencial. 

Esta persecución política y de Inteligencia hacia el General Flynn rápidamente se transformó en una judicial, que lo obligó a abandonar su puesto de consejero cuando Trump ya estaba en la Casa Blanca.

El año pasado, Flynn fue absuelto de todos los cargos que se le imputaban, marcando así el fin de la persecución que duró más de 3 años que fue pergeñada por Power desde el principio. 

Durante su estadía en las Naciones Unidas, Power llevó a cabo una virulenta campaña anti-Israel y fue la autora de uno de las papelones diplomáticos más vergonzosos de las últimas décadas cuando, representado al país, se abstuvo de su poder veto en el Consejo de Seguridad y dejó que los 14 miembros restantes pasaran una resolución que condenaba la “ocupación ilegal” por parte de Israel de los que llamaban los “territorios palestinos”. 

La resolución 2334, firmada en diciembre de 2016, definía a las partes de la ciudad de Jerusalem como una “violación de las normas internacionales” y establecía que ese territorio le pertenecía a Palestina. Esta canallada diplomática, orquestada por Power y consentida por Obama, fue vista en Israel como la “mayor traición por parte de los Estados Unidos en la historia”. 

Durante su audiencia de confirmación para el puesto en marzo, el senador republicano Ted Cruz increpó a Power por esta traición, llamándola “el momento más vergonzoso de todo el gobierno de Obama, motivado por el antisemitismo y el odio a Israel que caracterizaba a esa administración”. 

La complicidad del Partido Republicano en todo esto. 

Desde que llegó a la Casa Blanca, Biden ha logrado en tiempo récord confirmar a todo su gabinete y a todos sus asesores de política internacional, a diferencia de los ministros del ex-presidente Trump que tuvieron que afrontar unas confirmaciones mucho más duras.

Esto no lo podría haber hecho sin el apoyo del Partido Republicano, que no ha presentado objeción alguna a estas nominaciones. 

Sin ir más lejos, Power, conociendo su antisemitismo, sus pésimas decisiones diplomáticas y su ferviente intervencionismo, fue confirmada por el Senado por 68 votos contra 26, con más de 20 senadores republicanos votando a favor de la nominación. 

Esta timidez del Partido Republicano se debe a una orden que el propio jefe de la bancada, Mitch McConnell, bajó para todo el caucus; la de no disputar las nominaciones de gabinete que Biden realiza. 

Según la analista política Julie Kelly, a pesar de que hay paridad en la Cámara Alta, la misma pareciera que está controlado por los demócratas y que Biden ostenta más bien una ventaja demócrata mucho mayor, puesto que los senadores republicanos anti-Trump Susan Collins, Lisa Murkowski y Mitt Romney no han rechazado hasta el momento ninguna nominación de Biden. 

Fuente: derechadiario.com.ar