El régimen castrista, con el apoyo de la OMS, emite estadísticas falsas y distorsionadas para sostener un sistema de salud inhumano, en el que solo la élite y los extranjeros tiene privilegios.

Cuba no tiene una sino cuatro vacunas contra el coronavirus en desarrollo porque en la isla comunista todo tiene cura. Divulgar lo contrario es imposible cuando la propaganda oficial del régimen castrista opera sin descanso para transformar las sombras de su sistema de salud infectado de necesidades e irregularidades en un supuesto modelo de exportación.

El servicio está lejos de ser básico, gratuito y de carácter universal porque la salud en Cuba depende del bolsillo y del poder. Los extranjeros tienen privilegios para recibir atención a través del «turismo médico” por oxigenar con sus divisas al régimen. Además, las instalaciones en las que son tratados los extranjeros son limpias, bien provistas, de última generación y exclusivas porque en ellas se “hacen negocios importantes con tratamientos de botox, liposucción e implantes de mama”, revela un informe de la Fundación Internacional Bases.

Es otra versión del “apartheid turístico», que ya tiene hoteles separados, playas y restaurantes independientes sin acceso de cubanos.

También existe otra categoría dentro de las instalaciones del sistema de salud que es para cubanos élites: el partido, los militares, los artistas y los funcionarios escritores. Su sistema, como el de los turistas, es de primera categoría.

En otras condiciones está el servicio común. Ahí, la realidad es distinta. “Las clínicas se están desmoronando, las condiciones son tan insalubre que los pacientes pueden estar mejor en casa, cualquiera que sea el hogar. Si tienen que ir al hospital, deben traer sus sábanas, jabón, toallas, comida, bombillas, incluso papel higiénico, y los medicamentos esenciales son escasos porque el sistema de salud público cubano está colapsado y no cuenta con suministros”.

Informalidad para sobrevivir

Tres investigaciones citadas en el informe comprobaron “una abrumadora dependencia generalizada al mercado negro o la economía informal para satisfacer las necesidades básicas incluidas las necesidades de salud” que origina la figura de los “socios” o «sociolismo», un término cubano para describir a quienes les proveen desde una pastilla hasta equipos dentales.

En este sector no hay registros de ingresos por dolencias (resfriados, gripe, distensiones musculares, artritis) de ningún funcionario de la dictadura o de las familias acaudaladas.

Sin derecho a protegerse

En Cuba tampoco existe el derecho a la privacidad en las relaciones médico-paciente, ni el derecho de los pacientes a establecer un consentimiento informado, rechazar un tratamiento, protestar o demandar por negligencia. Pero ahí no termina. “La atención médica en Cuba es deshumanizante, paternalista y autoritaria y la política se inmiscuye en la práctica médica en varias formas, ya sean sutiles o abiertas”, sostiene el documento.

Una de esas formas es la obligación de los médicos de velar por la “salud de la revolución” monitoreando en sus vecindarios los signos de oposición al castrismo para “corregir creencias o comportamientos”. Y la información obtenida se entrega a las autoridades. Así está plasmado en los libros de medicina cubana y otras publicaciones de salud en las que se detalla la ideología en la isla y las maneras de practicar la profesión ajustándose al socialismo.

En Cuba no hay autonomía ni para tomar decisiones reproductivas. “Los abortos se inducen en casos de alto riesgo sin informar a la madre de las posibilidades o darle espacio para elegir porque los médicos no acuerdan nada con los pacientes”.

Con 72,8 abortos por cada 100 nacimientos, Cuba tiene una de las más altas tasas de aborto en el mundo, en comparación con España que registra 24 abortos y Uruguay con alrededor de 26 por cada 100 nacimientos.

Estos números tienen una lectura: coaccionar o presionar a las pacientes para que aborten mejora artificialmente las cifras de mortalidad infantil y la expectativa de vida mediante la prevención de partos de alto riesgo que habría inflado las tasas, ayudando a los médicos a cumplir con los objetivos establecidos de forma centralizada. Es aberrante.

La política infecta al sistema de salud

Hasta las salas de espera son espacios políticos donde las decisiones se toman con objetivos estadísticos establecidos por el Ministerio de Salud.

Hablar de negligencia está prohibido. Las investigaciones de las irregularidades son encubiertas para impedir demandas de indemnización o cualquier intento de reivindicación que solicite el afectado o su familia.

“Es probable que estos derechos den lugar a alguna forma de sanción política, que supone un grave perjuicio para las libertades de los ciudadanos”.

La neurocirujana Hilda Molina Morejón es un espejo. Su rechazo a que el Centro Internacional de Restauración Neurológica se convirtiera en centro de atención para extranjeros, le costó las medallas de reconocimiento entregadas por Fidel Castro y una constante persecución política.

La complicidad internacional

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y su director Tedros Adhanom Ghebreyesus son considerados por la Fundación Bases como “cómplices” de la decadente y opresiva salud cubana. Y no es la primera vez que este organismo es acusado de apoyar a “gobiernos con dudosas calidades sanitarias”. A la conspiración con China en el manejo de la pandemia del coronavirus se suma ahora la de La Habana.

“Su directorio elogia mucho este sistema de salud a pesar de las estadísticas falsas y distorsionadas, el desmoronamiento a pedazos del sistema mientras que, en paralelo, se establece una estructura de mejor calidad para los miembros del régimen y los ciudadanos extranjeros. La salud de Cuba no es ni buena, ni eficiente ni igualitaria, sino una estafa perversa que trata injustamente a su pueblo y engaña al mundo en complicidad con funcionarios de organismos internacionales”.

Desde su cuenta en Twitter, la OMS destaca que “Cuba llega al primer aniversario de la pandemia informada por el conocimiento acumulado que le ha permitido mantener vigilancia epidemiológica, así como la búsqueda activa de casos y localización de contactos a nivel comunitario, con seguimiento en salud y servicios organizados en todo el país”.

Mientras la OMS habla de la “revolución de la salud” cubana con elogios, el pasado demuestra que antes de que Fidel Castro llegara al poder la situación era distinta.

Datos de la UNESCO previos a la insurrección reflejan que el número de médicos y enfermeras por cada 1000 habitantes en Cuba era de 1,0 y 4,5, respectivamente, el tercero y el cuarto más alto de América Latina. De hecho, Cuba ya había logrado buenos resultados en salud antes de la llamada «revolución cubana» con una esperanza de vida al nacer de 64 años, cifra que sólo era superior en Argentina (65 años) y Uruguay (68 años).

Esclavitud oculta

El informe es aún más contundente y revelador. El documento –que cuenta con el aval de la Fundación de las Víctimas del Comunismo– señala que las misiones internacionales de médicos cubanos son un “programa de trata de personas”, basándose en la demanda de Brasil en contra de la Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos por violar los derechos laborales y los acuerdos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre la protección de salarios.

El régimen –según la acusación– filtra y mutila las remuneraciones de sus galenos en el exterior. Brasil alega que pagó 4 dólares mensuales por cada profesional además de la logística de transporte y alimentación pero ellos sólo recibieron 1 dólar, siendo retenido el monto restante por la dictadura.

Una práctica perversa que la organización española Cuban Prisoners Defenders junto a la Unión Patriótica de Cuba (Unpacu) confirman al aseverar que en promedio entre el 10 % y el 25 % del salario pagado por los países anfitriones queda en manos del castrismo.

Se estima que la mitad de todos los médicos cubanos, no menos de 40000, actualmente trabajan en 66 países de Asia, África y América Latina bajo este esquema que vuelve a la salud cubana un mito forjado con sufrimiento y mentira.