MARACAIBO, VENEZUELA — Marilín Luján, venezolana, madre de siete hijos, revuelve varios litros de papelón con limón que almacena, junto a grandes trozos de hielo, dentro de su balde verde en una esquina de la avenida Los Haticos.

Una veintena de personas se agolpa en una fila a sus espaldas, bajo la sombra de un árbol, a la espera de un bus del transporte público. El centro de Maracaibo está ajetreado a pesar de la cuarentena por el virus del PCCh (Partido comunista de chino).

Marilín, mientras, agita con un cucharón su bebida dulce para servirle un vaso a una señora quincuagenaria que se desploma, acalorada, agotada, en un banquillo de plástico, muy cerca de ella.

Es su décima venta de la mañana de este martes. “Me he ganado 200.000 bolívares”, dice, feliz. Ya tiene planes para ellos: comprará un kilo de arroz, verduras varias y un chorrillo de salchichas colombianas, que en Venezuela se conoce como “manguerita”.

La mujer, vestida con un suéter deportivo de capucha, a pesar de las altas temperaturas, piensa en sus hijos mientras cobra su última transacción.

Porta un tapabocas de tela blanca y negra que ella misma confeccionó, pero que, por los momentos, guinda de su cuello, cual corbata.

“Sí temo por mi salud y la de mis hijos, pero, si no trabajo, no comen”, dice, en relación con la cuarentena decretada en Venezuela hace una semana y media por la pandemia del virus del PCCh.

El presidente en disputa Nicolás Maduro anunció el 15 de marzo el inicio inmediato del aislamiento colectivo en Zulia y otras seis regiones de Venezuela para prevenir el brote del nuevo virus del PCCh.

Esa noche, al escucharlo en la televisión, Marilín lloró sin parar. En su alacena, solo había un kilo de arroz y otro de lentejas al momento del discurso de Maduro.

“Pensé en mis hijos. ¿Qué les doy de comer? No tengo trabajo fijo”, comenta, antes de batir su infusión frente a un par de potenciales clientes que, sedientos, se acercan a preguntar sus precios.

Un país “frágil”

Las restricciones de tránsito y de actividad económica para prevenir el contagio del virus del PCCh en Venezuela han empeorado la ya crítica situación económica de miles de hogares, como el del Marilín.

Las autoridades locales de estados como Zulia, el de mayor densidad poblacional del país, han limitado las operaciones comerciales formales e informales entre la madrugada y las 2:00 de la tarde.

Jesús Casique, economista y director de la firma Capital Market Finance, destaca que el Instituto Nacional de Estadística no ha presentado un reporte oficial en meses.

El Fondo Monetario Internacional estimó antes de declararse la pandemia del virus del PCCh que el desempleo en Venezuela rondaría el 50 por ciento al cierre de 2020.

Casique valora que el indicador de la desocupación venezolana incluye a entre el 56 y el 60 por ciento de la población.

“Se ha venido incrementando. Hay profesionales que tuvieron que dedicarse a ofrecer servicios no relacionados con su profesión, como la venta de tortas, la mecánica o el transporte privado”, indica.

El economista anticipa que los efectos globales y locales de la pandemia del nuevo virus del PCCh atizará la hiperinflación. Opina que perjudicará particularmente a quienes en Venezuela ofrecen servicios distintos a la prioridad del momento: la alimentación.

“El país no está preparado para esta crisis. Venezuela es el único país del mundo que acumula seis años sin crecer su economía y con hiperinflación. El virus del PCCh agarró al país en condiciones muy frágiles”, advierte Casique.

“Ya estoy en crisis”

Hugo Ávila, mecánico, de 43 años, agita su mano para llamar la atención del chofer de una camioneta que cruza la calle Cecilio Acosta a las 8:30 de la mañana. No se detiene.

El hombre, padre de seis hijos y responsable de un hogar que también incluye a su esposa y su suegra, solo ha reparado dos carros en los últimos 10 días, es decir, desde que inició la cuarentena.

Durante los últimos ocho años, había brindado servicios a entre ocho y 10 clientes a la semana.

Él y decenas de mecánicos más copan la avenida 14A de la ciudad, usualmente repleta de talleres a puertas abiertas y clientes frecuentes. Este martes, reinan la soledad, el silencio, el desempleo.

Ávila admite que su familia no come tres veces al día, sino una, desde que arrancó la cuarentena.

“Estoy tratando de estirar la plata, pero ya estoy en crisis. Si no nos mata el virus del PCCh, nos mata el hambre. ¿De dónde vamos a sacar pa’ comer y eso?”, se pregunta.

La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida reflejó que el venezolano en situación de pobreza ha perdido 13 kilogramos de peso corporal, en promedio, debido a sus limitaciones para adquirir comida desde 2017, cuando arreció la crisis económica en 2017.

El mismo sondeo, realizado por investigadores de tres universidades, determinó que 89,4 por ciento de los venezolanos cree que sus ingresos son insuficientes para garantizar la alimentación familiar.

Luis García, encargado de un quiosco de venta de cigarrillos, pasapalos y refrescos de soda de la avenida Bella Vista de Maracaibo, dice que el anuncio de la cuarentena fue “un balde de agua fría”.

Su familia, dice, tiene comida para resistir 10 días de claustro doméstico, pero no más. “Vivimos del (ingreso) diario”, insiste.

En el cruce de la avenida Delicias de Maracaibo con la calle Doctor Portillo, coinciden las mismas necesidades de una docena de hombres entre los 20 y los 40 años.

Venden matamoscas, polvos contra las cucarachas, forros de cuero para volantes y frascos de vidrio repletos de merey (nuez).

Bryan Reyes, de 34 años, padre de dos niños, pedalea en bicicleta desde el municipio La Cañada de Urdaneta, a una hora y media de distancia, para ofrecer allí sus productos en plena pandemia.

“Eso es mentira que alguien va a tener un mes ‘guardao’ de comida porque el gobierno dijo que había cuarentena de la noche a la mañana”, refunfuña.

Asegura que el anuncio lo pilló desprovisto. “Nosotros podemos mantenernos uno o dos días, pero después hay que salir. La plata no rinde”, explica.

Dice entender la gravedad del virus del PCCh, pero, añade, le resulta “peor” escuchar el clamor de sus dos hijos dentro de una casa cuya estantería permanece semivacía en la cuarentena.

“Bravo es que lleguéis a la casa y el hijo o la hija tuya te digan: ‘papi, tengo hambre’”, expresa, mascando la molestia y la tristeza en un mismo bocado, ante el asombro de sus colegas de oficio.

Venezolanos aseguran que sus dineros se evaporan rápidamente si tienen dos o tres días continuos sin trabajar. [Foto: Gustavo Ocando Alex, VOA].
Venezolanos aseguran que sus dineros se evaporan rápidamente si tienen dos o tres días continuos sin trabajar. [Foto: Gustavo Ocando Alex, VOA].

Fuente: Voz de América

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Temas: Categorías: América Venezuela

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