Un reciente artículo del diario español El País puso sobre la mesa diversos antecedentes para deducir por qué los reyes de la era Habsburgo tuvieron severas deformaciones en sus rostros. La respuesta que surge por ahora es clara: estuvo condicionada por las relaciones sexuales dentro de la familia.

Uno de los investigadores que se interiorizó en ese caso fue el genetista español Francisco Ceballos, quien realizó un análisis al Rey Carlos II, recordado por su mandíbula saliente y haber ascendido al trono cuando sólo tenía cuatro años.

“No es sólo prognatismo mandibular. Carlos II tenía la nariz muy caída, los ojos muy caídos, los pómulos muy caídos. Tenía una deficiencia del maxilar y se le caía toda la cara”, indicó.

Retrato del rey Carlos II de España (1661-1700), que fue el hijo y sucesor del rey Felipe IV de España. En este retrato el rey aparece representado de medio cuerpo, vestido de oscuro, y ostentando la insignia de la Orden del Toisón de Oro sobre su pecho. (Wikimedia Commons)

Lo cierto es que los Habsburgo fue una dinastía que fue reconocida en España por propiciar los matrimonios entre los miembros de la familia. Entre ellos destacaron relaciones entre primos o tíos con sobrinas, quienes provenían desde relaciones endogámicas entre sus padres.

“Su estrategia para dominar buena parte de Europa eran los matrimonios entre miembros emparentados de distintas familias reinantes, con sexo entre primos o incluso entre tíos y sobrinas”, sostuvo Ceballos.

Fue un total de 14 expertos quienes determinaron las características fisiológicas de los Habsburgo, que los llevaron a tener la denominación de ser deformes en el aspecto facial: esto iría en directa relación con la endogamia que profesaron.

El ejemplo que tomaron como clave fue el de Carlos II, quien fue el último rey de esta dinastía y no dejó herencia, debido a su infertilidad.

“Los padres de Carlos II, Felipe IV y Mariana de Austria eran tío y sobrina, pero con la consanguinidad acumulada a lo largo de las generaciones era como si fuesen hermanos, como un incesto”, sostuvo el historiador Florencio Monje.

En general, el grupo analizó un total de 66 cuadros de reyes europeos que gobernaron por más de 200 años, los cuales están en exhibición en el Museo de Historia del Arte de Viena.

Retrato del rey Felipe IV de España (1601-1665), que fue hijo del rey Felipe III de España y de la reina Margarita de Austria. (Wikimedia Commons)

Diez años de estudios les permitió sugerir, incluso, que: “existe una asociación entre la deformidad facial y la endogamia”.

En este sentido, Ceballos y el genetista Gonzalo Álvarez estudiaron el árbol genealógico de los 6.000 miembros de los Habsburgo, los cuales estuvieron distribuidos en 20 generaciones.

Luego de 10 años determinaron que Felipe I, primero de la dinastía, tenía un de consanguinidad de 0.025, mientras que el de Carlos II era de 0.25, lo que implicaba que el 25% de sus genes estaban repetidos, debido al cruce entre su madre y padre.

Ya en 2009, ambos habían determinado que dos desórdenes genéticos de este último rey, como la deficiencia combinada de hormonas hipofisiarias y la acidosis tubular renal distal, habían propiciado su muerte hacia el año 1700.

A eso se sumó su infertilidad, lo que determinó el fin de aquella dinastía y el paso a otra era.

Cabe señalar que el estudio completo está disponible en la revista especializada Annals of Human Biology.

Fuente: BioBiochile.

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Categorías: Ciencia

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